En realidad de verdad, los desequilibrios que fatigan al mundo moderno
están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en
el corazón humano. Son muchos los elementos que se combaten en el propio
interior del hombre. A fuer de criatura, el hombre experimenta múltiples
limitaciones; se siente, sin embargo, ilimitado en sus deseos y llamado a una
vida superior. Atraído por muchas solicitaciones, tiene que elegir y que
renunciar. Más aún, como enfermo y pecador, no raramente hace lo que no quiere y
deja de hacer lo que querría llevar a cabo. Por ello siente en sí mismo la
división, que tantas y tan graves discordias provoca en la sociedad. Son
muchísimos los que, tarados en su vida por el materialismo práctico, no quieren
saber nada de la clara percepción de este dramático estado, o bien, oprimidos
por la miseria, no tienen tiempo para ponerse a considerarlo. Otros esperan del
solo esfuerzo humano la verdadera y plena liberación de la humanidad y abrigan
el convencimiento de que el futuro del hombre sobre la tierra saciará plenamente
todos sus deseos. Y no faltan, por otra parte, quienes, desesperando de poder
dar a la vida un sentido exacto, alaban la insolencia de quienes piensan que la
existencia carece de toda significación propia y se esfuerzan por darle un
sentido puramente subjetivo. Sin embargo, ante la actual evolución del mundo,
son cada día más numerosos los que se plantean o los que acometen con nueva
penetración las cuestiones más fundamentales: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el
sentido del dolor, del mal, de la muerte, que, a pesar de tantos progresos
hechos, subsisten todavía? ¿Qué valor tienen las victorias logradas a tan caro
precio? ¿Qué puede dar el hombre a la sociedad? ¿Qué puede esperar de ella? ¿Qué
hay después de esta vida temporal?
Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre su
luz y su fuerza por el Espíritu Santo a fin de que pueda responder a su máxima
vocación y que no ha sido dado bajo el cielo a la humanidad otro nombre en el
que sea necesario salvarse. Igualmente cree que la clave, el centro y el fin de
toda la historia humana se halla en su Señor y Maestro. Afirma además la Iglesia
que bajo la superficie de lo cambiante hay muchas cosas permanentes, que tienen
su último fundamento en Cristo, quien existe ayer, hoy y para siempre. Bajo la
luz de Cristo, imagen de Dios invisible, primogénito de toda la creación, el
Concilio habla a todos para esclarecer el misterio del hombre y para cooperar en
el hallazgo de soluciones que respondan a los principales problemas de nuestra
época.
("Gaudium el spes". Concilio del Vaticano II)
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