"Todo lo que ustedes desearían de los demás, hagánlo con ellos: ahí está toda la Ley y los Profetas"
(Mt 7, 12)
Como Jesús, muchos otros han dicho la misma frase con diferentes palabras. Muchos filósofos y pensadores han ido repitiendo la misma premisa. Platón lo decía con estas palabras: "Que me sea dado hacer a los otros lo que yo quisiera que me hicieran a mí"; Confucio lo decía con la que todos conocemos la frase: “No hagas a otro lo que no te gustaría que te hicieran”... y así tantos otros pasando por Gandhi hasta llegar al Beato Juan Pablo II, donde nos decía que "el respeto a la vida es fundamento de cualquier otro derecho, incluidos los de la libertad".
Pensadores, filósofos, teólogos, psicólogos, etc... muchos han sido los que se han hecho eco de estas frases y han ido proclamando esta frase hasta los confines de la tierra y hasta el infinito de tal manera que la han hecho el valor principal de su vida.
Sin embargo, después de estudiarlos a todos y de admirarlos somos nosotros quienes decimos ser los que respetamos a los demás y somos nosotros mismos los que profanamos esta frase. Como cristianos nos creemos que hacemos el bien y somos justos cuando hablamos de los demás pero no nos damos cuenta de lo que hacemos es manchar la imagen de la persona que ha estado a nuestro lado y que estará. Queremos ser buenos cristianos pero pecamos por orgullo.
¿Amamos al prójimo por amor a nuestro hermano o por el simple hecho de ganar la entrada al Reino de Dios? No podemos a amar al prójimo cuando día tras día seguimos humillandolos, seguimos despreciandolo, seguimos juzgandolo... No podemos amar al prójimo cuando nos cruzamos con el por la calle y viramos la cara... No podemos amar al prójimo cuando no valoramos los actos de respeto y honestidad de ellos hacia nosotroso. No podemos amar al prójimo cuando nos damos la prioridad a nosotros mismos. No podemos amar al prójimo sino hemos amado antes nuestras debilidades...
Muchos son los que se llenan la boca con sus actos de buena fe, con sus obras beneficas, etc... sin embargo, son ellos mismos los que a la mínima juzgan a los demás.
Sin embargo, nos creemos que el Amor inunda nuestras vidas, nuestros actos... pero ¿acaso has renunciado a tu felicidad para ver la felicidad del prójimo? ¿acaso has ayudado al prójimo aún cuando tu te dañabas? ¿acaso has llorado amargamente por ver como se desvanece tu sueño por ver cumplir el de tu prójimo? ¿acaso has abandonado el egoismo que alberga tu corazón para dar paso a ese amor?
La grandeza de la persona no está en sus actos, sino en el amor profesado a los demás. No hagamos a los demás lo que no queremos que nos hagan a nosotros porque así no se ama al prójimo. Por mucho que te humillen, te desprecien, te juzguen... levantate y camina sin hacer lo mismo a los demás porque la grandeza del cristiano está en saber amar a nuestros amigos y enemigos, en saber amar a quien nos daña, en saber amar a quien nos juzga... Porque perdonar es amar. Porque amar nos ayuda a madurar. Porque amar al que no te ama es lo que nos hará comprender que somos amados también.